Hay cárceles que no tienen paredes.
Se construyen con un “no puedo”, con un “qué van a pensar”, con el miedo a decepcionar, con vínculos que ya no nos hacen bien o con la idea de que, a determinada edad, ya no estamos a tiempo de cambiar.
Lo curioso es que muchas de esas celdas tienen la puerta abierta.
Pero no salimos.
No porque no podamos, sino porque afuera está lo desconocido. Y lo conocido, aunque duela, muchas veces nos resulta más seguro.
El precio de la libertad
Ser libre no significa hacer lo que queremos sin pensar en las consecuencias. La verdadera libertad puede ser mucho más profunda: atrevernos a reconocer quiénes somos cuando dejamos de vivir según las expectativas de los demás.
A veces el precio de ser libres es soltar.
Soltar una relación.
Una culpa.
Una versión de nosotros mismos.
Una historia que ya terminó.
La necesidad de agradar.
El miedo a empezar nuevamente.
Y soltar puede doler.
Pero también puede abrir espacio.
¿Y si no fuera demasiado tarde?
Quizás nos acostumbramos a pensar que hay cosas que tienen una edad.
Que después de los 40 no corresponde empezar de nuevo.
Que después de los 50 hay que conformarse.
Que ciertos sueños quedaron atrás.
¿Quién escribió esas reglas?
Tal vez todavía haya una parte de nosotros esperando que le demos permiso para vivir.
No hace falta cambiar toda nuestra vida de un día para otro. A veces la libertad comienza con una pregunta:
¿Qué haría diferente si no tuviera miedo de ser juzgado/a?
No busques responderla rápidamente.
Dejala trabajar en vos.
Porque quizás la puerta de esa celda invisible no esté cerrada.
Quizás simplemente llevamos demasiado tiempo creyendo que no podemos abrirla.
🌿 En nuestro próximo espacio vamos a seguir hablando de esas pequeñas prisiones que construimos sin darnos cuenta… y de cómo empezar a recuperar la libertad de elegirnos.
La Vie Ceremonias Holísticas
Atreverse a vivir también es una forma de sanar.
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