La carne argentina atraviesa un buen momento, mientras el consumo interno sigue en baja

La caída del consumo de carne vacuna que muestran los últimos indicadores nacionales también empieza a reconocerse con claridad en los mostradores de Posadas, aunque desde el sector frigorífico plantean que el problema no está necesariamente en el desempeño de la actividad ganadera, sino en la capacidad de compra de las familias. Después de conocerse que el consumo argentino retrocedió 9,5% y que representa alrededor de cinco kilos menos por habitante al año, Gabriel Vidal Rodríguez, de la Cooperativa Frigorífica Virgen de Fátima, sostuvo que en el mercado local se observa una modificación cada vez más marcada de los hábitos.

Vidal Rodríguez describió el fenómeno como una “reconversión” antes que como un abandono generalizado del consumo de proteínas. La diferencia está en qué proteína llega a la mesa: frente a un presupuesto más limitado, la carne vacuna cede espacio ante alternativas como pollo y cerdo, que permiten mantener ese componente de la alimentación con un desembolso menor.

“No es que la gente coma menos proteínas, sino que está consumiendo otro tipo de proteínas, más carne blanca”, explicó.

Ese cambio, sin embargo, no se limita al tipo de carne elegido. También está transformando la forma de comprar. La cooperativa ofrece desde hace años alternativas pensadas para reducir costos, como medias reses, cuartos traseros, delanteros o parrilleros completos, e incluso brinda la posibilidad de procesar la carne según las necesidades del cliente. Pero, a diferencia de lo que sucede en otras ciudades donde varias familias se organizan para compartir una compra grande, esa modalidad nunca terminó de consolidarse en Posadas.

Para Vidal Rodríguez, la explicación está en una economía doméstica mucho más inmediata: los hogares compran en función de lo que tienen disponible en ese momento y cada vez planifican menos a mediano plazo. “Para mí es el día a día. Sinceramente, pasa por ahí”, sintetizó.

La misma lógica puede verse, señaló, en los comercios mayoristas de alimentos, que progresivamente comenzaron a vender cantidades más pequeñas y terminaron funcionando también como minoristas. No se trata, según su lectura, de una decisión comercial aislada, sino de una adaptación a consumidores que ya no siempre pueden inmovilizar dinero en una compra grande. La carnicería quedó atravesada por esa misma dinámica.

En consecuencia, uno de los hábitos más tradicionales también empezó a modificarse. El asado perdió frecuencia durante la semana y quedó más asociado a los fines de semana, mientras pollo y cerdo ocupan una porción mayor del menú cotidiano. Esa transformación es la que, para el dirigente cooperativista, permite entender por qué puede coexistir una caída del consumo doméstico con un escenario favorable para la cadena exportadora.

“A la carne argentina le está yendo muy bien. Al argentino no le está yendo tan bien”, resumió.

La frase concentra la principal distinción que planteó durante la entrevista. Vidal Rodríguez pidió separar lo que ocurre en las carnicerías de la situación general de la actividad: mientras el consumo interno retrocede, las exportaciones mantienen un desempeño positivo. Por eso, rechazó hablar de una crisis de la carne argentina y puso el foco en el deterioro de los ingresos.

“Al argentino no le va mal porque la carne esté cara, sino porque los bolsillos están magros”, sostuvo, apelando incluso a una metáfora del propio rubro. Esa restricción aparece con mayor claridad cuando se traslada el precio a una mesa familiar. Consultado sobre cuánto necesita actualmente un hogar integrado por dos adultos y dos chicos para comprar carne vacuna para una comida, calculó un piso de alrededor de $10.000 diarios, siempre tomando como referencia una compra básica.

Llevado a treinta días, el número alcanza los $300.000 mensuales, aunque Vidal Rodríguez aclaró que ese cálculo no supone cortes caros ni un asado diario. “Estoy hablando de algo básico. No estamos hablando de comer novillito todos los días o un asado”, puntualizó. Y agregó que, aun cuando algunas familias quisieran sostener un consumo mayor, “lastimosamente hoy estamos limitados”.

Ese escenario obligó también a los frigoríficos a modificar su estrategia. La Cooperativa Virgen de Fátima comenzó a trabajar con combos proteicos, en los que la carne vacuna deja de ser necesariamente el único componente, y sumó productos envasados al vacío y congelados. La lógica, explicó, es ofrecer alternativas que permitan mantener el consumo de proteínas sin depender exclusivamente de la carne roja.

Pese a la retracción del consumo, otro elemento que por ahora aporta cierta estabilidad es el comportamiento de los precios. Según señaló, en el segmento de “consumo especial” no se registraron modificaciones recientes, aun después de varios meses atravesados por lluvias, bajas temperaturas y un ingreso reducido de hacienda en el mercado de Buenos Aires, referencia habitual para la formación de valores.

“Gracias a Dios no hemos tenido modificaciones de precio. Todavía”, remarcó.

Ese último término no fue casual. El empresario reconoció que el equilibrio puede modificarse rápidamente si cambian las condiciones del mercado internacional. Una eventual apertura de Estados Unidos a determinadas categorías de carne argentina, ejemplificó, podría alterar la demanda exportadora y repercutir sobre el mercado interno.

Así, mientras la industria busca sostener ventas mediante nuevos formatos y combinaciones, el consumo doméstico continúa reacomodándose alrededor de un presupuesto familiar cada vez más ajustado. El problema, según la lectura de Vidal Rodríguez, ya no es solamente cuánto cuesta un kilo de carne, sino cuánto dinero queda disponible para comprarlo después de afrontar el resto de los gastos cotidianos.

 

 

Fuente: Primera Edicion