Lionel Messi puso en palabras su despedida de la selección argentina. No hubo cámaras ni discursos grandilocuentes, pero sí una carta escrita a puño y letra en la que el capitán argentino abrió su corazón para sellar el final de una era.
Todo empezó un 17 de agosto de 2005, en Budapest, cuando un chico de 18 años con la camiseta número 18 pisó por primera vez una cancha vistiendo la albiceleste. Entró como sustituto en un amistoso ante Hungría y, apenas 40 segundos después, el árbitro lo expulsó por un supuesto codazo. Fue un debut extraño, casi cruel, para el jugador que menos de dos décadas más tarde se convirtió en el mayor ídolo futbolístico que dio la Argentina. Aquel episodio insólito de 2005 fue apenas la primera línea de una historia que ahora, veinte años después, se cerró con una carta cargada de gratitud, de dolor y de una serenidad que solo se consigue después de haberlo dado absolutamente todo.
“Después de este tiempo que pasó desde la final, pensándolo mucho, quiero comunicarles a todos que me retiro de la Selección…”, comenzó Lionel Messi su mensaje, en referencia a la última final que disputó con el combinado nacional. Y no es que las finales le hayan faltado al rosarino: ganó el Mundial de 2022 en Qatar y jugó las definiciones de 2014 y 2026, pero fue justamente esa derrota reciente frente a España, por un gol en el alargue, la que derivó en su decisión de colgar los botines con la selección a sus 39 años.

Apenas terminada esa Copa del Mundo, Messi ya no había podido disimular su dolor. “El dolor es muy grande y va a costar que cierre esta herida”, había escrito entonces, dejando ver la desilusión de haber quedado a un paso de un nuevo título. Esa misma herida es la que, semanas después, terminó de convencerlo de que el ciclo debía cerrarse. “Fue una decisión que dolió y duele en el alma pero entiendo que es el momento”, continuó en su carta el capitán, el que durante años llenó de alegría a millones de argentinos que siguieron día a día a la selección incluso desde la distancia de Estados Unidos, una de las sedes mundialistas donde el equipo nacional realizó sus concentraciones y donde, en medio de la competencia, el propio Messi celebró su cumpleaños número 39 —algo que, para él, no fue una casualidad sino casi una costumbre, ya que su fecha de nacimiento, el 24 de junio de 1987 en Rosario, suele coincidir con los compromisos de la Selección—.
Pero para entender el peso real de esta despedida hay que remontarse a los años en que nada de esto parecía posible. Entre 2007 y 2016, la carrera de Messi con la camiseta argentina estuvo marcada por una sucesión de actuaciones brillantes que, sin embargo, no alcanzaban para torcer un destino esquivo. En la Copa América 2007, disputada en Venezuela, la Argentina llegó a la final y cayó ante Brasil; Messi, con apenas 20 años, fue elegido el mejor jugador joven del torneo, una distinción dulce en medio de una derrota amarga. Al año siguiente llegó una alegría distinta: la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.
El verdadero calvario, sin embargo, llegó después de que asumiera la capitanía en 2011. Entre 2014 y 2016, Messi condujo a su selección a tres finales consecutivas de torneos de máxima jerarquía, y las tres veces el trofeo se le escapó de las manos. Primero fue el Mundial de Brasil 2014, cuando la Argentina cayó 1-0 ante Alemania en el Maracaná, con un gol de Mario Götze en el minuto 113 del alargue; aún así, Messi recibió el Balón de Oro del torneo, la primera vez en la historia que ese premio recaía en un jugador del equipo perdedor. Un año después, en la Copa América 2015 de Chile, la historia se repitió: otra final, otra derrota, esta vez por penales tras un empate sin goles. Y en 2016, en la Copa América Centenario disputada en Estados Unidos, el guion volvió a repetirse con un dolor extra: Argentina cayó otra vez ante Chile por penales, y esta vez fue el propio Messi quien falló su remate desde los doce pasos.
Esa noche, en el estadio MetLife de Nueva Jersey, agotado y desconsolado, el capitán anunció por primera vez su retiro de la selección. “Para mí la selección terminó. Ya está, son cuatro finales, lo intenté. Duele no ser campeón”, declaró entonces. El anuncio sacudió al fútbol argentino y desató una campaña popular masiva para convencerlo de que diera marcha atrás. El destino, sin embargo, tenía preparado otro desenlace: Messi volvió a vestir la camiseta y, con el tiempo, terminó cambiando por completo esa racha de derrotas.
Empezaron entonces a llegar los logros que dieron vuelta el mundo. El 10 de julio de 2021, en el mítico Maracaná —el mismo escenario de tanto dolor siete años antes—, la Albiceleste venció a Brasil por 1-0 y se consagró campeona de la Copa América. Aquel título fue el punto de quiebre, el inicio de una nueva era liderada por un Messi que, a partir de ahí, empezó a acumular trofeos ante la ovación de un público que lo acompañó desde entonces sin fisuras.
Con esa historia completa detrás, se sumó un detalle: la carta de despedida fue escrita con un lapicera adornada con un giratiempos, un artefacto de la saga de Harry Potter que permite regresar al pasado y revivir instantes irrepetibles, como si el tiempo pudiera doblarse para una segunda oportunidad de vivir todo otra vez. Vale recordar que tanto Leo como Antonela Roccuzzo y sus hijos, Thiago, Mateo y Ciro, son fanáticos de la saga del joven mago.
“Queda poco y se van cerrando etapas y esta es una que me duele mucho. Amo, amé y amaré siempre estar en la Selección. Me vacié, ya no tengo más para dar y aparte vienen chicos muy grandes atrás que merecen estar”, escribió el argentino en el pasaje central de su mensaje. Son palabras que hablan de esa entrega total que solo unos pocos se animan a dar sin guardarse nada para después. Durante veinte años, Leo Messi caminó una cancha con la camiseta albiceleste como si en cada partido se jugara algo más grande que un resultado. Y en cierto modo así era: se jugaba la posibilidad de devolverle a un país algo de la alegría que ese país le había dado a él desde niño. Su última actuación en el Mundial 2026 fue una oda al esfuerzo. Se preparó durante un año para llegar de la mejor forma, con entrenamientos en doble o triple turno, en silencio, sin estridencias. Hizo ocho goles, regaló cuatro asistencias, como si fuera un juvenil.
Cada grito, cada pase-gol, cada Copa América, cada noche de Qatar levantando la copa que tanto se le había resistido a la Argentina —todo eso fue, en el fondo, un acto de amor sostenido en el tiempo—. Y ahora, ese amor le abre paso a las nuevas generaciones, que en cada minuto posterior al anuncio demostraron su admiración por el 10 y acompañaron su despedida con cartas emotivas, comentarios y gestos de agradecimiento.
El mensaje continuó con una despedida de otro tipo, la de dejar de ser protagonista para pasar a ser acompañante. “Gracias por todo el cariño de estos 20 años. Voy a extrañar mucho escucharlos desde adentro. Ahora voy a ser uno más de ustedes, alentando y bancando siempre desde afuera (en las buenas y en las malas, mucho más)”, expresó el rosarino, consciente de que a partir de ahora ocupará otro lugar, ya no en el campo de juego sino en la tribuna, como cualquier hincha.
No faltaron tampoco los agradecimientos a quienes lo sostuvieron en las sombras. “Gracias a mi familia por estar siempre, por acompañarme en este viaje tan hermoso pero difícil. Gracias a cada uno de los entrenadores, compañeros y dirigentes que me tocó compartir. Me llevo recuerdos y momentos inolvidables vividos”, compartió Messi, antes de cerrar ese tramo con una frase que resume el balance de dos décadas: “Me voy con la tranquilidad y el orgullo de haberles regalado, juntos con mis compañeros, momentos soñados. Fue una locura haberlo vivido con ustedes. ¡Los quiero!”
Hacia el final de la carta expresó: “Gracias Dios por hacerme argentino”. Detrás de esas palabras hay una herida vieja que Messi cargó durante gran parte de su carrera. Durante años, una parte del folclore futbolero argentino lo acusó de no sentir los colores como los sentía, por ejemplo, Maradona. Se fue a España a los 13 años, se formó en Barcelona, y hubo quienes usaron eso para ponerlo en duda: que si no cantaba el himno con la misma intensidad, que si su corazón estaba más del lado azulgrana que del celeste y blanco. Fue una crítica injusta y desgastante que lo acompañó silenciosamente durante buena parte de su carrera con la selección, incluso en años en que peleaba y perdía finales llorando como cualquier hincha. Ahora, dos décadas después, lo declaró desde el lugar de alguien que ya no tiene nada que demostrarle a nadie porque lo demostró todo: con dos Copa América, una Finalissima y un Mundial en Qatar levantado como capitán. “¡Vamos Argentina!”, no faltó tampoco en la carta del 10, ese grito que lo acompañó toda su carrera y que ahora seguirá gritando desde otro lugar.
